ArtA�culo para Yorokobu

Yorokobu nos pidiA? un artA�culo sobre publicidad o diseA�o para su revista y lo primero que pensamos fue A?quiA�nes somos nosotros para hablar de publicidad? AsA� que nos fuimos por las ramas y les mandamos algo mA?s parecido a un cuento que a un artA�culo.

 

PACO PACO PACO QUE MI PACO

“El primero en entrar en la Taberna Acuerdo de la C/San Bernardo 98 es el dedo gordo del pie de Paco. DespuA�s, pasa A�l. Y justo antes de que se cierre la puerta, se cuela su pegajoso olor a VarA?n Dandy. Sin excepciA?n, y de lunes a viernes, y siempre con la misma desgana, y siempre a la misma hora, ahA� tienes a Paco: el cliente mA?s fiel del bar con el mejor pepito de ternera de todo el barrio.

Paco no se inmuta ante las miradas que suelen cruzar los camareros cuando ven entrar su barriga por la puerta. Nunca. A�l estA? a su taburete. A localizarlo con los ojos inquietos de todos los dA�as para ver si alguien se lo ha levantado sentA?ndose en A�l. Por alguna misteriosa razA?n eso no ha pasado nunca pero Paco no se lo pregunta. Para quA�. En su lugar, relaja la mandA�bula, y arrastra sus 59 aA�os hasta el taburete sin tampoco percatarse de que esos camareros que llenan la barra de platitos de cafA� parecen croupiers. Nada. A�l sA?lo piensa en alcanzarlo, en dejarse caer sobre A�l, en apoyar sus muA�ecas morcillonas en el borde la barra y en pedir lo que pide siempre a esa hora.

La hora. Te la dirA�. Es esa hora en la que la calle huele a tostadas, el metro va lleno de bostezos y los curas llevan levantados una eternidad. Es la tA�pica hora en la que un niA�o de ocho aA�os que ha fingido tener fiebre sonrA�e por la ventana de su cuarto al ver cA?mo se aleja el coche de sus padres. MA?s pistas. A esa hora, la marca de moda en la calle es la de las sA?banas. Es, hora punta de frenazos. Son, concretamente, las 07 y 53 de la maA�ana.A�El reloj corre mA?s que la gente que mA?s corre. Y Paco acaba de pedir su primera copa de vino.

Paco y su inconfundible chepa azul marino desgastado. Paco y su peluquA�n del Paseo de Extremadura. Paco y sus mocasines de rejilla de antes de la teta rebelde de Sabrina; haz cuentas. Paco y su aspecto de conductor de la EMT. Paco y su mirada perdida en la copa de vino blanco que sujeta como si no pesara nada, como si no pasara nada, y no son ni las nueve. Paco y su habitual cara de haberlo perdido todo al dominA? la noche anterior, que no bebe para olvidar la vida sino para seguir viviendo. Que lleva cuarenta y nueve aA�os haciendo exactamente lo mismo. Y no tiene recuerdos.

Se los comiA? la rutina. Discreta, invisible, vorazmente; como una termita. Sin que pudiera darse cuenta. Ay Paco, lo vacA�o que estA?. Si no fuera porque de vez en cuando sale a mirar cA?mo va todo por la porterA�a que le da de beber, serA�a justo decir que parece una caracola a la orilla de una barra tA�picamente espaA�ola. Pero no es el caso. Cuatro veces al dA�a, despega su prA?stata del taburete, apura lo que le queda de vino, anuncia una breve ausencia, y -nunca a la misma hora- desplaza su resignaciA?n hasta el edificio.

Cuando llega a su despacho con vistas a los ascensores, se sienta en su silla de outlet de Merkamueble y hace que lee el ABC cuando en realidad estA? esperando a que alguien llegue y ose llamar a los dos ascensores a la vez. Pero no sabe que lo sabemos, claro. GruA�endo es como debe sentirse realizado Paco. Si hay suerte, dedica cuarenta minutos a escribir un Aviso a la ComunidA?. Y si estamos a finales de mes, se ve en la latosa obligaciA?n de repartir -oficina por oficina- las facturas del alquiler. MolarA�a que notara la alegrA�a que nos da verle aparecer de repente. Que viene a sacarnos dinero, caramba.

En fin, ya conoces a Paco. Es un caso perdido. Sin embargo, no le hagas mucho caso a la frase anterior porque A?ltimamente nos visita mA?s de una vez al mes. Es de esperar que ocurre siempre de la misma manera: suena un timbre de nudillos, aparece el flequillo sintA�tico de Paco por el hueco de la puerta, asoma su cabeza, sonrA�e con los ojos, y, haciendo eses, llega hasta nuestras mesas. Cada vez mA?s contento. De vino, sA�. Pero.

Sucede que Paco es nuestro hA?mster. Con A�l lo testamos todo. Que Paco entiende lo que ve en el ordenador, mala seA�al, no se presenta. Que no entiende absolutamente nada, se presenta seguro. De alguna manera -a ciencia cierta esto sA� que no lo sabe, se lo podrA�as decir- Paco se ha convertido en nuestro Conserjero Delegado. Aunque algo se debe oler. Porque no ha dejado de desayunar vino y sigue sin dar los buenos dA�as a los camareros. Pero por lo menos, ahora, cuando abre la puerta del bar con el mejor pepito de ternera de todo el barrio, Paco se da cuenta de una cosa: suena una campanilla.”